jueves, 22 de diciembre de 2011

GILBERT K. CHESTERTON: EL CANDOR DEL PADRE BROWN (1)

Desde luego, no tengo perdón como bloguero. Casi termina el año de 2011 sin que tratemos del bueno del Padre Brown, siendo como es este año el del centenario de su creación, merced a la fértil, ocurrente y profunda pluma de nuestro admirado y querido Gilbert Keith Chesterton. Al fin, tras las tareas propias de mi ocupación profesional, he podido sacar un rato para escribiros algo sobre el célebre curita de Essex. 

Estas humildes pero admirativas entradas sobre Chesterton y su Padre Brown van dedicadas a nuestro amigo Alejandro, de Venezuela, que no hace mucho ha descubierto a este maravilloso autor y su personaje y cuya amistad, a través de su excelente blog, me honra y la agradezco en grado sumo. Así pues, estas entradas sobre el P. Brown han sido escritas especialmente para ti, Alejandro. Espero que te gusten. 

En realidad, el personaje del Padre Brown no nació en 1911, sino en 1910, cuando Chesterton escribió el primer cuento, "La cruz azul" ("The Blue Cross"), que tampoco se llamó así en un principio. Sea como fuere, Chesterton reunió las doce primeras aventuras con el Padre Brown como protagonista y se publicaron como libro, con el título de El candor del Padre Brown (The Innocence of Father Brown) en 1911, de ahí que sea esta fecha la que consideremos para celebrar el centenario de este famoso detective de ficción. 

Y, para ser más exactos, aún podríamos afirmar que el personaje del curita aparentemente distraído y astroso no nació en 1910, sino un poco antes, puesto que, según confesión del propio autor, estaba basado en una persona de carne y hueso: el Padre John O'Connor, sacerdote católico irlandés. 

Antes de tratar sobre el personaje y sus maravillosas aventuras, consagraremos esta primera entrada a su creación, a la forma en que nació, para lo cual se hace imprescindible que relatemos de qué modo trabaron amistad Chesterton y el Padre O'Connor. 

En la excelente biografía de Chesterton escrita por Joseph Pearce (G. K. Chesterton. Sabiduría e inocencia, Encuentro Ediciones, 1998) podemos encontrar algunas referencias interesantes sobre ambos personajes y su amistad. En febrero de 1903, O'Connor había escrito a Chesterton para expresarle su admiración: "Soy un sacerdote católico y, aunque creo que no es usted muy ortodoxo en algunos detalles, en primer lugar quiero darle las gracias de todo corazón, o quizá debería dárselas a Dios por haberle concedido esa clase de espiritualidad que a mi juicio hace que la literatura sea inmortal" (Obra citada, p. 123). 

Finalmente, fue en el año de 1904 cuando Chesterton y O'Connor pudieron conocerse en persona. 

El propio Chesterton nos relata ese encuentro en su Autobiografía (1936): "Había ido a dar una conferencia a Keighley, en los 'moors' de West Riding, y había pernoctado allí con uno de los ciudadanos destacados de aquella pequeña ciudad industrial, el cual había reunido un grupo de amigos [...], entre ellos el cura de la Iglesia Católica, un hombre pequeño con cara agradable y expresión de gnomo. Me llamó la atención el tacto y la gracia que demostraba [...]".

Tiempo más tarde, Chesterton descubrió que aquel buen sacerdote, aparentemente cándido, inocentón e ignaro, en realidad sabía mucho más de las maldades humanas que los más pérfidos hombres de aquella hipócrita sociedad. En comparación con él, dos malhechores eran como dos bebés, en cuanto a su conocimiento del mal. 

Así fue como nació el Padre Brown, como Chesterton comenta, de nuevo en las páginas de su Autobiografía: "Y surgió en mi mente la vaga idea de dedicar a un fin artístico estos cómicos despropósitos que eran, al propio tiempo, trágicos, y construir una comedia en la que un sacerdote aparentaría no saber nada, conociendo, en el fondo, el crimen mejor que los criminales. Puse esta idea esencial en un cuento ligero e improbable, llamado "La cruz azul", continuándolo a través de las series interminables de cuentos con que he afligido al mundo. En resumen, me permitía la seria libertad de tomar a mi amigo y darle unos cuantos golpes, deformando su sombrero y su paraguas, desordenando su ropa, modelando su rostro inteligente en una expresión llena de fatuidad y, en general, disfrazando al Padre O'Connor de Padre Brown" (Obra citada, p. 125). 

No obstante, Chesterton siempre aclaró que el Padre Brown solo se parecía al Padre O'Connor en su inteligencia, en su ingenio, intuición y conocimiento del alma humana, con todo lo bueno y lo malo que tiene esta, pero en nada se parecía al pobre curita en su carácter simplón o en su vestuario desharrapado y descuidado. Con estas premisas, el carácter y la personalidad del "curita de Norfolk" ya estaban forjados. Solamente había que situarlo en la escena de cada crimen, de cada pecado o debilidad humana y él, aunque en apariencia ausente y distraído, sabría penetrar en cada uno de esos enigmas humanos mucho mejor que los policías y detectives oficiales.

En la encantadora e ingeniosa historia de "La cruz azul" aparece también el personaje de Hércule Flambeau, el gigantesco ladrón, luego detective y fiel compañero de aventuras de Brown, que es sorprendido por la astucia y la sagacidad del cura católico. También aquí hace su aparición el superdetective oficial, Valentine, igualmente francés, como Flambeau. Los tres personajes pudieran ser vistos (y, de hecho, así lo han advertido algunos críticos) como una alegoría. 

Al final del cuento, los dos personajes franceses, el que vive ajeno a la Ley (Flambeau) y el que aparentemente la representa (el inspector Valentine) se quitan el sombrero ante la genialidad del Padre Brown, el cual hace como que busca su paraguas, resultando una suerte de alegoría amable de la Crucifixión: Cristo (el sacerdote), sacrificado y humilde entre los dos ladrones, el buen ladrón (Flambeau) y el mal ladrón (Valentine). Pero no debo daros más detalles acerca de esta y las subsiguientes historias que forman el libro de El candor del Padre Brown. Lo dejaremos para la siguiente entrada, si os parece bien.

En fin, quisiera desearos que paséis unas felices fiestas en la compañía de vuestros familiares y amigos. 

¡FELIZ NAVIDAD! ¡FELICES PASCUAS, AMIGOS! Y que el próximo año de 2012 os traiga toda clase de bendiciones, en forma de salud, amor, alegría, esperanza y todas las cosas buenas y deseables.

Que Dios os bendiga y Nuestra Señora, la Santísima Virgen, os proteja siempre. Hasta muy pronto, amigos.








jueves, 1 de diciembre de 2011

BARONESA DE ORCZY: EL VIEJO EN EL RINCÓN

Emma "Emmuska" Orczy, Baronesa de Orczy (1865-1947), fue, además de aristócrata y novelista, la creadora del célebre personaje de la Pimpinela Escarlata (The Scarlet Pimpernel, 1905),  protagonista de una serie de novelas en las que ese intrépido aventurero inglés, oculto bajo los más impensables disfraces, se dedicaba a rescatar y salvar a condes, barones y otros nobles franceses atribulados para ayudarles a escapar de la cruel Madame Guillotine, en los sangrientos tiempos de la Revolución francesa y del régimen del Terror de Robespierre y compañía.

Hoy que vivimos en un mundo en permanente cambio y donde los aristócratas y nobles están, en general, muy mal vistos, no sabemos si quien tendría que haber escapado habría sido el propio Pimpinela, antes de ser perseguido por los "indignados" de medio mundo. Sea como fuere, este sagaz personaje le dio fama a la Baronesa de Orzcy, aunque si ahora la traemos aquí para someterla a vuestro buen juicio y consideración no es como creadora de la Pimpinela Escarlata, sino como autora de relatos de misterio. 

En efecto, la Baronesa de Orczy es también la creadora de un singular detective, el viejo en el rincón. Lo peculiar de este "viejo en el rincón" es precisamente que pertenece a esa especie de detectives que resuelven los casos que se les plantean sin moverse de su residencia. 

En realidad, este era uno de los tipos o formas que ya había preludiado el genial Edgar Allan Poe en su historia "El misterio de Marie Rôget", ya tratado en las páginas de este blog. En esa aventura, el analítico Dupin desvela el asunto sin moverse de su cuarto, guiándose tan solo por las especulaciones que realiza al leer los artículos de diversos periódicos parisinos. De igual modo, el viejo en el rincón desentraña los enigmas que le plantean sin moverse de su "rincón". Más adelante me referiré a otros célebres personajes de esta extraña estirpe de 'detectives inmóviles'.

La primera aparición del viejo en el rincón (The Old Man in the Corner) es de 1901, en la revista The Royal Magazine, en una serie de "Seis misterios de Londres", aunque la primera vez que vio la luz en forma de libro fue en 1909, en un volumen de breves historias policiales, entre las que destacan "La misteriosa muerte en Percy Street", "El crimen de Regent's Park" o "El misterio de Dublín", entre otros. 

Las historias son narradas por la señorita Polly Burton, una joven periodista, tal vez trasunto juvenil de la propia baronesa, que relata de forma amena y objetiva las asombrosas cualidades deductivas que el viejo en el rincón usa para desvelar los más intrincados misterios. 

No sabemos a ciencia cierta quién es este hombre tan agudo e inteligente. Tampoco se nos dice cómo se llama o a qué se dedicaba en su juventud. Lo que sabemos es que el viejo es un hombre que razona sin moverse, un hombre que es puro pensamiento desde la inmovilidad de su cuarto. Mientras se encuentra sentado en un sillón, tomando té con leche y tarta de queso, realiza los más sorprendentes ejercicios de análisis deductivo, llegando a desenmascarar a muchos criminales. 

Cabe decir que el viejo en el rincón sería la antítesis de todos aquellos detectives de acción, al estilo de la mejor novela negra, tales como Sam Spade, Philip Marlowe o Lew Archer, por citar a los más conocidos. El viejo no precisa de rocambolescas aventuras, de arriesgados números de circo ni de acrobacias con una pistola en ristre. Es un hombre ciertamente intelectual, como el Profesor Van Dusen, de Futrelle, pero más viejo. Su inmovilidad se debe, sin duda, a su vejez pero ese impedimento físico no le afecta para nada para el desarrollo de sus capacidades mentales.

Se ha escrito que el personaje de la Baronesa de Orczy es el primero de los detectives inmóviles o "de sillón" (armchair detectives, por decirlo en la forma inglesa) pero ya hemos visto que existía el conocido antecedente de Poe, aunque lo que en Dupin es cosa de una aventura, se constituye en rasgo permanente e indiscutible del viejo. Otros detectives "de sillón" serían el orondo bebedor de cerveza y cultivador de orquídeas, Nero Wolfe, de Rex Stout (a quien en un futuro le dedicaremos algunas entradas aquí) o el cachazudo Isidro Parodi, de Borges y Bioy Casares, que resuelve los enigmas desde su celda, en la que cumple condena por un delito que, encima, no cometió.

En suma, el "viejo en el rincón" es uno de los detectives más peculiares de la amplísima galería de personajes que el género nos ha dejado desde que comenzara oficialmente, con las narraciones detectivescas de Poe, de mediados del siglo XIX. 

El gran mérito de la Baronesa de Orczy fue dotar de consistencia, validez y amenidad a un tipo de detective que podría no haber durado más de un par de casos. Lo peor es que, dada la inmovilidad y estatismo del personaje, muchos de los crímenes quedan resueltos pero nadie se ocupa de atrapar al culpable, con lo que se infringe una regla básica de la narración policial: que la acción de la Justicia alcance a los malhechores.



Con todo, merece la pena que los lectores se acerquen a las historias del "viejo en el rincón". Sin duda, se divertirán. Las próximas entradas sobre novela policial estarán dedicadas (al fin) a las aventuras del Padre Brown, de nuestro querido y admirado Gilbert Keith Chesterton.

Que Dios os bendiga a todos y Nuestra Señora os proteja siempre. 

Hasta pronto, amigos.